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domingo, 18 de febreiro de 2024

Manuel Vicent: Contando hormigas

 Un día en Ítaca, sentado en las raíces de un olivo milenario que formaban una especie de trono frente a una hermosa bahía, saqué mi cuaderno de notas y me dispuse a escribir. Creía que estar en la patria de Ulises me inspiraría un texto excelente, pero después de mordisquear un buen rato el caparazón del bolígrafo, no se me ocurría nada, salvo tratar de distinguir si eran de liebre o de conejo las cagarrutas que había a mi alrededor. Pensé en lo que había dejado atrás al emprender este viaje. Atrás había quedado la mesa del café Gijón que daba al primer ventanal a través del cual había visto pasar la vida durante tantos años. Entre mi mesa y los lavabos del café había la distancia de unos 11 pasos. No es necesario explicar qué clase de menester realiza uno en el cuarto de baño. La escatología que sucede en su interior podría tomarse en este caso como una hiperbólica metáfora de la guerra de Troya y después de tirar de la cisterna, si uno se creía Ulises, al desandar los 11 pasos, podía imaginar que se trataba de su regreso a Ítaca. Sentado en las raíces de aquel olivo, bajo el silencio neumático que envolvía toda la isla, no hacía otra cosa que contar hormigas. En ese momento pasó un rebaño de cabras dejando en el aire un hedor a choto, muy ácido, muy lúbrico. Puede que John Keats hubiera extraído de este hedor cabrío un verso de oro, pero a mí no se me ocurría nada. La Ítaca real estaba llena de cagarrutas, de cabras y de hormigas; en cambio, cualquier noche de sábado, al salir del lavabo de café en ese camino de vuelta podía encontrar agolpados en la barra a la ninfa Calypso, a Nausícaa, a la maga Circe, a Polifemo, a Telémaco y finalmente a la propia Penélope esperando sentada a la mesa. No tenía ninguna necesidad de haber ido tan lejos en busca de una odisea. Allí estaban los personajes bebiendo, riendo, llorando, dispuestos a contarme cada uno su historia.

Artigo completo, aquí

domingo, 17 de decembro de 2023

Helena de Troya (1867) de Frederick Sandys


Helena de Troya (1867) de Frederick Sandys (artista inglés, vivió entre 1829 y 1904). Una mirada de reojo malhumorada y la frente baja. Esta pintura está relacionada con una ilustración de Helena con una "mirada de niña mimada" mientras Troy arde al fondo.

luns, 27 de febreiro de 2023

Roberto Ferri: Aquiles


183 Díjole la veloz Iris, de pies ligeros como el viento: «Me manda Juno, la ilustre esposa de Júpiter, sin que lo sepan el excelso Saturnio ni los demás dioses inmortales que habitan el nevado Olimpo.»

187 Replicóle Aquiles, el de los pies ligeros: «¿Cómo puedo ir á la batalla? Los teucros tienen mis armas, y mi madre no me permite entrar en combate hasta que con estos ojos la vea volver, pues aseguró que me traería una hermosa armadura fabricada por Vulcano. Y en tanto, no sé de cuál guerrero podría vestir las armas, á no ser que tomase el escudo de Ayax Telamonio; pero creo que éste se encuentra entre los combatientes delanteros y pelea con la lanza por el cadáver de Patroclo.»

196 Contestóle la veloz Iris, de pies ligeros como el viento: «Bien sabemos nosotros que aquéllos tienen tu magnífica armadura; pero muéstrate á los teucros en la orilla del foso para que, temiéndote, cesen de pelear; los belicosos aqueos, que tan abatidos están, se reanimen, y la batalla tenga su tregua, aunque sea por breve tiempo.»

202 En diciendo esto, fuése Iris, ligera de pies. Aquiles, caro á Júpiter, se levantó, y Minerva cubrióle los fornidos hombros con la égida floqueada y circundóle la cabeza con áurea nube, en la cual ardía resplandeciente llama. Como se ve desde lejos el humo que saliendo de una isla donde se halla una ciudad sitiada por los enemigos, llega al éter, cuando sus habitantes, después de combatir todo el día en horrenda batalla, al ponerse el sol encienden muchos fuegos, cuyo resplandor sube á lo alto, para que los vecinos los vean, se embarquen y les libren del apuro; de igual modo el resplandor de la cabeza de Aquiles llegaba al éter. Y acercándose á la orilla del foso, fuera de la muralla, se detuvo, sin mezclarse con los aqueos, porque respetaba el prudente mandato de su madre. Allí dió recias voces y á alguna distancia Palas Minerva vociferó también y suscitó un inmenso tumulto entre los teucros. Como se oye la voz sonora de la trompeta cuando vienen á cercar la ciudad enemigos que la vida quitan; tan sonora fué entonces la voz del Eácida. Cuando se dejó oir la voz de bronce del héroe, á todos se les conturbó el corazón, y los caballos, de hermosas crines, volvíanse hacia atrás con los carros porque en su ánimo presentían desgracias. Los aurigas se quedaron atónitos al ver el terrible é incesante fuego que en la cabeza del magnánimo Pelida hacía arder Minerva, la diosa de los brillantes ojos. Tres veces el divino Aquiles gritó á orillas del foso, y tres veces se turbaron los troyanos y sus ínclitos auxiliares; y doce de los más valientes guerreros murieron atropellados por sus carros y heridos por sus propias lanzas. Y los aqueos, muy alegres, sacaron á Patroclo fuera del alcance de los tiros y colocáronlo en un lecho. Los amigos le rodearon llorosos, y con ellos iba Aquiles, el de los pies ligeros, derramando ardientes lágrimas, desde que vió al fiel compañero desgarrado por el agudo bronce y tendido en el féretro. Habíale mandado á la batalla con su carro y sus corceles, y ya no podía recibirle, porque de ella no tornaba vivo.

239 Juno veneranda, la de los grandes ojos, obligó al Sol infatigable á hundirse, mal de su grado, en la corriente del Océano. Y una vez puesto, los divinos aqueos suspendieron la enconada pelea y el general combate.


mércores, 17 de febreiro de 2021

Bacante

 Un Von Pluschow de excelente calidad titulado Bacante, de alrededor de 1900. Tiene los atributos de los bacantes: el cuenco para beber de estilo antiguo y las pieles de animales, todos asociados con los seguidores de Baco que deambulaban por campos y bosques para finalmente participar en borracheras orgiásticas y ritos frenéticos.

martes, 13 de xuño de 2017

Ilíada (XVIII): Aquiles lamenta la muerte de Patroclo

Exhalando profundos suspiros, contestó Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Oh Madre! El Olímpico, efectivamente, lo ha cumplido; pero ¿qué placer puede producirme, muerto Patroclo, el fiel amigo á quien apreciaba sobre todos los compañeros y tanto como á mi propia cabeza? Lo he perdido, y Héctor, después de matarlo, le despojó de las armas prodigiosas, admirables, magníficas que los dioses regalaron á Peleo, como espléndido presente, el día en que te colocaron en el tálamo de un hombre mortal. Ojalá hubieras seguido habitando en el mar con las inmortales ninfas, y Peleo hubiese tomado esposa mortal. Mas no sucedió así, para que sea inmenso el dolor de tu alma cuando muera tu hijo, á quien ya no recibirás en tu casa, de vuelta de Troya; pues mi ánimo no me incita á vivir, ni á permanecer entre los hombres, si Héctor no pierde la vida, atravesado por mi lanza, y recibe de este modo la condigna pena por la muerte de Patroclo Menetíada.»

94 Respondióle Tetis, derramando lágrimas: «Breve será tu existencia, á juzgar por lo que dices; pues la muerte te aguarda así que Héctor perezca.»

97 Contestó muy afligido Aquiles, el de los pies ligeros: «Muera yo en el acto, ya que no pude socorrer al amigo cuando le mataron: ha perecido lejos de su país y sin tenerme al lado para que le librara de la desgracia. Ahora, puesto que no he de volver á la patria, ni he salvado á Patroclo ni á los muchos amigos que murieron á manos del divino Héctor, permanezco en las naves cual inútil peso de la tierra; siendo tal en la batalla como ninguno de los aqueos, de broncíneas lorigas, pues en la junta otros me superan. Ojalá pereciera la discordia para los dioses y para los hombres, y con ella la ira, que encruelece hasta al hombre sensato cuando más dulce que la miel se introduce en el pecho y va creciendo como el humo. Así me irritó el rey de hombres Agamenón. Pero dejemos lo pasado, aunque afligidos, pues es preciso refrenar el furor del pecho. Iré á buscar al matador del amigo querido, á Héctor; y sufriré la muerte cuando lo dispongan Júpiter y los demás dioses inmortales. Pues ni el fornido Hércules pudo librarse de ella, con ser carísimo al soberano Jove Saturnio, sino que el hado y la cólera funesta de Juno le hicieron sucumbir. Así yo, si he de tener igual suerte, yaceré en la tumba cuando muera; mas ahora ganaré gloriosa fama y haré que algunas de las matronas troyanas ó dardanias, de profundo seno, den fuertes suspiros y con las manos se enjuguen las lágrimas de sus tiernas mejillas. Sepan que hace días me abstengo de combatir. Y tú, aunque me ames, no me prohibas que pelee, pues no lograrás persuadirme.»

A música calada, a soedade sonora