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xoves, 28 de marzo de 2024

Muller vendendo lampreas polas rúas de Santiago (A.D., 1960)

 "Trae en su carne la canela de los bosques submarinos, y acaso por el sabor de la lamprea sepamos el de los besos de la sirenas".

Álvaro Cunqueiro

martes, 18 de xullo de 2023

Este malpicán de 25 anos ten tres traballos para poder comprar o seu propio barco

«Sempre quixen ser patrón, e se eu non pelexo polo meu futuro, quen o fará?», explica César Garrido Pena, que está enrolado nun barco, traballa nunha empresa de desbroces e é camareiro nunha pizzería.

martes, 11 de abril de 2023

Vaciar pisos de lujo: “Lo que para ti son trastos, para otros son tesoros”

“Cuando entras a una casa, los objetos cuentan historias, cuentan tu vida. Nos dicen dónde has estado de viaje, si te gusta o no te gusta cocinar, si eres aficionado al tenis o si juegas al golf, si lees y qué lees, si escuchas música y qué música te gusta, si tienes o no hijos. Los objetos no mienten. Hace poco, estuvimos en una casa donde encontramos botes de farmacia, un microscopio, un vademécum y yo pregunté: ‘¿Médico o farmacéutico?’. Era médico”, cuenta a EL PAÍS Astrid Romero, quien, junto a su socia María López, fundó en 2018 Arquitectura del Orden, una empresa que se dedica a ordenar trastos para vaciar hogares, organizando mercadillos en las propias casas que necesitan liberar espacio y que funciona, principalmente, gracias al boca a boca y al crecimiento de su coqueta cuenta de Instagram, donde acumulan cerca de 31.000 seguidores. 

Nos encontramos en la última planta de un imponente edificio de la madrileña calle de Lagasca, un ático de grandes dimensiones y una deliciosa terraza por donde la luz entra a raudales, iluminando todos los rincones. Aquí dentro todo está patas arriba. Sobre la encimera de la cocina se exponen vajillas familiares, libros de cocina, pequeños y grandes electrodomésticos, cazuelas, bandejas, fuentes y morteros. En el salón, todavía dentro de una caja aunque lista para ser colocada en un lugar de preferencia, se encuentra una vajilla inglesa Spode del siglo XIX, de porcelana esmaltada en azul, a punto de ser instalada sobre una imponente mesa de madera maciza. También hay muebles y lámparas de estilo modernista, óleos con naturalezas muertas, divanes, sillas y sillones, jarrones con florituras, mesitas auxiliares de cristal, ceniceros, libros. En una de las habitaciones principales, encontramos sobre la cama sábanas, edredones y mantas, bordadas con las iniciales de la familia. Todo lo que hay alrededor—desde los cucharones de cocina hasta los abrigos que cuelgan en los armarios— está a la venta. En menos de tres días, una ingente cantidad de personas ajenas por completo a quienes habitaron entre estas paredes vendrán a llevarse un pedacito de su historia a precio de saldo.

Artigo completo en El País (25.03.23)

domingo, 6 de xuño de 2021

Valentin Papin, panadeiro

Hay una especie de secreto en esta calle tan calma de Villa Ortúzar, un rincón de Buenos Aires con casas de poca altura, calles empedradas y resabios ocasionales de arte callejero. Ahora llamado L'épi, el edificio en Rosetti 1769 ha sido una panadería por generaciones y su secreto se ha conservado en el tiempo: hay un horno de piedra de leña de un siglo de antigüedad con un diámetro de seis metros. Construido en 1911, momento en que el pan se distribuía de puerta en puerta a través del vecindario, el horno continúa funcionando las 24 horas del día bajo la tutela de un joven francés llamado Valentín Papin.



Valentín es oriundo de Nantes, en el oeste de Francia, y comenzó a trabajar en una panadería a los 15 años. De tío panadero, siempre quiso experimentar la vida en el extranjero, de manera que organizó una pasantía en Buenos Aires mientras estudiaba en la universidad con los chefs y empresarios franceses Olivier Hanocq y Bruno Gillot, propietarios de L'épi.

Ahora con 25 años, está de regreso y su plan es quedarse en Buenos Aires. "Ya estoy acá", dice. “Me gusta la vida argentina y el trabajo. Soy joven y es una muy buena oportunidad estar encargado de la producción y de trabajar de una manera tan artesanal", sigue.

El trabajo es, tal cual explica, ciertamente artesanal. El horno se enciende dos veces al día y sólo con leña, lo que permite hacer dos horneados, a las 5 de la tarde y a las 4 de la mañana. Una vez que la temperatura alcanza los 260° C, los panes hacen su ingreso; los artículos más delicados, como el brioche, entran una vez que se haya enfriado a alrededor de 200° C. Por cierto, la temperatura nunca baja de 180 grados antes de que el fuego vuelva a encenderse para los siguientes lotes.

“El proceso es continuo. Nunca lo dejamos", dice Valentín. “Desde las 4 de la mañana hasta las 12 de la noche siempre hay alguien. La gente que está al mediodía prende el horno para el equipo que viene a las 17 y ellos lo hacen a medianoche para quienes arrancan a las 4. Cada uno trabaja para el otro; es una familia, nadie ve el producto de principio a fin, como una orquesta en que uno empieza a tocar y otros siguen la melodía”, continúa.

Trabajan con masa fermentada naturalmente, virtud que trae sus desafíos y hace que sea aún más importante trabajar en conjunto. “Hay cosas que pueden fallar”, reconoce Valentín. “El clima influye mucho: a veces empieza bien por la mañana y después viene una tormenta con mucha humedad y calor. Tenemos fermentaciones muy largas, por lo que es difícil manejarlas. Nunca se sabe cómo va a reaccionar la masa, hay que estar siempre atento, hablando mucho entre todos".

A modo de cierre, concluye: “Me encanta cómo trabajamos acá. En Europa, por lo general, tenemos máquinas para hacer algunas partes del trabajo; pero, para mí, las máquinas no pueden reemplazar las manos. Podrán imitarlas, pero no reemplazarlas".

luns, 29 de marzo de 2021

Alfonso: Casimiro Municio, último verdugo da Audiencia de Madrid antes da República

Casimiro era de Sepúlveda y tuvo una vida de miseria. Llegó a Madrid con su esposa e hijos, con la esperanza de prosperar. Pero no fue así. Un trabajo de guarda de seguridad y las apenas 3 pesetas que cobraba al día no le daban a su familia para sobrevivir.

De modo que Casimiro optó por una plaza pública de un trabajo por el que rezaba para que no le saliese: el de verdugo. Quiso su físico seco, triste, enjuto, y la mala suerte...que la plaza fuese para él. Pocos sabían a qué se dedicaba. Cuentan que en su primera ejecución estaba tan nervioso y no atinaba que el reo dijo: "tengo yo más cojones para morir que éste para matarme". Tras aquel triste bautizo, Casimiro pasó media semana en cama y algunas más emborrachándose para olvidar. Cando se aboliu a pena de morte durante a República, Municio expresou á prensa a súa alegría. Finalmente, morreu durante a guerra civil.



A música calada, a soedade sonora