domingo, 14 de abril de 2024
venres, 12 de abril de 2024
martes, 1 de agosto de 2023
Dime musa, ¿por aquí andaba Helena?: una visita a Troya con la ‘Ilíada’ bajo el brazo
Busco con dedos temblorosos el canto XXII (no se trata de leer íntegros los 15.700 versos de la epopeya, que llevaría más de un día y aquí cierran de noche) y el relato del duelo entre Aquiles, de pies ligeros, y Héctor, de tremolante penacho en el reluciente casco. Es fácil imaginar al padre y la madre del segundo, los reyes Príamo y Hécuba, y a la mayoría de los troyanos, siguiendo con el corazón en un puño el combate desde el mismo lugar en que estamos. Aquiles mata a Héctor, que se ha debatido entre el valor y la cobardía, frente a las Puertas Esceas de Troya, el gran escenario de la ciudad, clavándole en el cuello su legendaria lanza, la única pieza de su panoplia original que conserva tras perder el resto a manos de los aqueos su amigo Patroclo junto con la vida. Precisamente Héctor lleva la armadura de Aquiles, de la que ha despojado a Patroclo tras matarlo. Y Aquiles conoce el punto débil de esa armadura, que era la suya. La punta de bronce de la lanza de fresno fue a salirle por la nuca a Héctor, que cayó en el polvo. Tras despojar al cuerpo de sus armas ensangrentadas (o más bien recuperarlas), Aquiles, “semejante a Ares”, leo en voz alta entre las piedras historiadas, “le horadó los tendones de los pies entre el talón y el tobillo, pasó correas por los agujeros y amarró el cadáver a la trasera del carro, subió a él y fustigó los corceles, que partieron velozmente”.
Y sigo, subiendo el tono: “Y así fue arrastrado el Priámida Héctor entre gran polvareda, y se manchaban los negros cabellos del héroe muerto, y hundióse en el polvo aquella cabeza antes tan hermosa que Zeus había entregado a los enemigos para que fuera ultrajada en su misma patria. Y su madre, viéndole así, se arrancaba los cabellos, y desprendiéndose de su hermoso velo para desgarrarlo, gemía y sollozaba tristemente. El padre se lamentaba llorando, y todos los moradores de la ciudad gritaban y lloraban como si ya Ilión fuese devorada por el fuego”. [...]
La fuerza de las palabras de Homero en la mágica atmósfera de la ciudad que inmortalizó: Troya, Ilión. La de las anchas calles y los sólidos muros. La ciudad de la que el propio Zeus, padre de los dioses, el que agrupa las nubes, dice: “Pues de todas las ciudades que hay bajo el sol y el cielo estrellado habitadas por hombres que viven en la Tierra, nunca ha habido una más próxima a mi corazón que la sagrada Ilión”. [...]
Leer páginas de la Ilíada en las murallas de Troya, ¿hay mejor anhelo para satisfacer? Donde Homero describió a Helena identificando los héroes aqueos para Príamo; a Astianacte en brazos de su madre, Andrómaca, llorando ante el aspecto terrible de su padre, Héctor, con yelmo; a la misma Andrómaca desolada ante el espectáculo de su marido arrastrado en el carro de Aquiles. Teichoskopia, otear desde la muralla, lo llaman. A las ruinas de la ciudad, que vaya por delante son una maravilla y no decepcionan en absoluto (aunque son complejas de interpretar), se llega en coche desde Estambul ―donde es muy recomendable visitar su renovado y espléndido Museo Arqueológico (cerca del palacio de Topkapi), que tiene una iluminadora sala dedicada a Troya― en unas cuatro horas. La carretera es excelente (al final hay que tomar algunos caminos locales). Se viaja como en un sueño y los paisajes que se recorren están llenos de metáforas del destino que nos aguarda. Los cargueros en el mar de Mármara que bordeamos, negros y cóncavos, sugieren la gran flota invasora de los aqueos que entró en el Helesponto desde el Egeo y tras doblar el promontorio del Sigeo se presentó en la bahía de Troya en plan a por ellos. En el canto II de la Ilíada (versos 485 a 785) se ofrece el famoso Catálogo de las Naves, un listado del contingente atacante, formado por un heteróclito conjunto de reyes y jefezuelos griegos bajo el mando (discutido) de Agamenón, “pastor de hombres”, el Iliá Ehrenburg de los aqueos (“no dejéis que uno solo se libre de morir a nuestras manos, ni el niño que la madre lleva aún en el vientre, que todos los habitantes de Troya perezcan y que nadie les llore”), hermano del agraviado Menelao, esposo de la raptada Helena, al que Homero tiene el buen gusto de no denominarlo “de renombrados cuernos”. Se enumeran 1.186 naves bajo el mando de 44 caudillos. [...]
Aquiles es central, recuerda Alexander, en la Ilíada, que se abre con su célebre cólera, su enfado algo rabieta con Agamenón por un quítame allá esa esclava, y se acaba con su vuelta al combate por la ira a causa de la muerte de Patroclo (su camarada y su philos hetairo, su querido), su duelo furioso con Héctor y el retorno del maltratado cadáver para su funeral tras la conmovedora súplica del rey Príamo a los pies del vencedor. Es Aquiles protagonista de escenas terribles ―abundantes en el poema en el que se detalla la muerte de unos 250 guerreros, tres veces más troyanos que aqueos―: Polidoro aguantándose con las manos los intestinos que se le salen por la herida infligida por la lanza del héroe; Tros, hijo de Alástor, suplicando piedad a los pies del terrible guerrero antes de que este le atraviese con la espada el hígado y se lo arranque; Deucalión inmóvil viendo ante sí la muerte y al que “Aquiles le cortó con la espada la cabeza, que cayó sin salirse del casco, brotó la médula de las vértebras y el troyano quedó tendido en el suelo”. Pero es también Aquiles, nos dice la autora, un personaje extraño en la obra, que lucha en una guerra que no tiene sentido para él y siendo muy consciente de que su mejor opción, por otro lado imposible, no es la gloria sino regresar vivo a casa. El retrato curiosamente concuerda mucho con el del Aquiles cabizbajo y hastiado de sangre de Brad Pitt en la justamente vilipendiada (¡la muerte de Agamenón, que borra de un plumazo la Orestíada!), pero con muchas cosas buenas, Troya, de Wolfgang Petersen.
Jacinto Antón: Artigo completo en EP (01.08.2023)
luns, 24 de xullo de 2023
Despedida de Héctor (Ilíada: canto VI)
“A ella a su vez le dijo el gran Héctor, el de resplandeciente casco:
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| Karl Friedrich Deckler: Héitor despídese de Andrómaca e Astianaque (ca. 1918) |
domingo, 28 de xuño de 2020
Soño de Agamenón
Subía la divinal Aurora al vasto Olimpo para anunciar el día á Júpiter y á los demás dioses, cuando Agamenón ordenó que los heraldos de voz sonora convocaran á junta á los aqueos de larga cabellera. Convocáronlos aquéllos, y éstos se reunieron en seguida.
53 Pero celebróse antes un consejo de magnánimos próceres junto á la nave del rey Néstor, natural de Pilos. Agamenón los llamó para hacerles una discreta consulta:
56 «¡Oíd, amigos! Dormía durante la noche inmortal, cuando se me acercó un Sueño divino muy semejante al ilustre Néstor en la forma, estatura y natural. Púsose sobre mi cabeza y profirió estas palabras: «¿Duermes, hijo del belicoso Atreo domador de caballos? No debe dormir toda la noche el príncipe á quien se han confiado los guerreros y á cuyo cargo se hallan tantas cosas. Préstame atención, pues vengo como mensajero de Júpiter; el cual, aun estando lejos, se interesa mucho por ti y te compadece. Armar te ordena á los aqueos de larga cabellera y sacar toda la hueste: ahora podrías tomar á Troya, la ciudad de anchas calles, pues los inmortales que poseen olímpicos palacios ya no están discordes, por haberlos persuadido Juno con sus ruegos, y una serie de infortunios amenaza á los troyanos por la voluntad de Júpiter. Graba mis palabras en tu memoria.» Dijo, fuése volando, y el dulce sueño me abandonó. Ea, veamos cómo podremos conseguir que los aqueos tomen las armas. Para probarlos como es debido, les aconsejaré que huyan en las naves de muchos bancos; y vosotros, hablándoles unos por un lado y otros por el opuesto, procurad detenerlos.»
xoves, 14 de novembro de 2019
Querela polo botín entre Agamenón e Aquiles
Contestó el rey de hombres Agamenón: «Huye, pues, si tu ánimo á ello te incita; no te ruego que por mí te quedes; otros hay á mi lado que me honrarán, y especialmente el próvido Júpiter. Me eres más odioso que ningún otro de los reyes, alumnos de Jove, porque siempre te han gustado las riñas, luchas y peleas. Si es grande tu fuerza, un dios te la dió. Vete á la patria, llevándote las naves y los compañeros, y reina sobre los mirmidones; no me cuido de que estés irritado, ni por ello me preocupo, pero te haré una amenaza: Puesto que Febo Apolo me quita á Criseida, la mandaré en mi nave con mis amigos; y encaminándome yo mismo á tu tienda, me llevaré á Briseida, la de hermosas mejillas, tu recompensa, para que sepas cuánto más poderoso soy y otro tema decir que es mi igual y compararse conmigo.»
[...]
El hijo de Peleo, no amainando en su ira, denostó nuevamente al Atrida con injuriosas voces: «¡Borracho, que tienes cara de perro y corazón de ciervo! Jamás te atreviste á tomar las armas con la gente del pueblo para combatir, ni á ponerte en emboscada con los más valientes aqueos: ambas cosas te parecen la muerte. Es, sin duda, mucho mejor arrebatar los dones, en el vasto campamento de los aqueos, á quien te contradiga. Rey devorador de tu pueblo, porque mandas á hombres abyectos...; en otro caso, Atrida, éste fuera tu último ultraje. Otra cosa voy á decirte y sobre ella prestaré un gran juramento: Sí, por este cetro que ya no producirá hojas ni ramos, pues dejó el tronco en la montaña; ni reverdecerá, porque el bronce lo despojó de las hojas y de la corteza, y ahora lo empuñan los aqueos que administran justicia y guardan las leyes de Júpiter (grande será para ti este juramento). Algún día los aquivos todos echarán de menos á Aquiles, y tú, aunque te aflijas, no podrás socorrerles cuando sucumban y perezcan á manos de Héctor, matador de hombres. Entonces desgarrarás tu corazón, pesaroso por no haber honrado al mejor de los aqueos.»








