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mércores, 22 de setembro de 2021

Tríptico de una presencia (14.11.1982)

I.- Te presiento en cada esquina de la habitación. No te veo no, no consigo verte, pero te adivino y te presiento, y noto el roce de tus ropas entre los muebles; o quizá no lo noto, porque quizá estás desnuda y te paseas invisiblemente, calla y tenuemente, sobre los montones de periódicos atrasados que amarillean sobre la mesa cubiertos de polvo e indiferencia, sabiéndose olvidados adrede, porque ya no aportan nada nuevo a un mundo, panorama de actualidades, sangres, sensacionalismos, náuseas, oscuridades impenetrables de nos ser a través de ellos, de los diarios.

Pero están atrasados; diríamos casi jubilados (los titulares del primero de ellos anuncian la rendición de los argentinos en las islas Malvinas).

Vuelvo a percibirte como un susurro, un tenue murmullo de árboles y viento mezlcados, el otoño, que eres tú, nada más que tú; y aún no comprendo bien por qué escribo de ti; acaso es como si la máquina, siempre fría, inmóvil, siempre callada, se compadeciera de verme sentado ante ella, uno más entre tantos días, sin escribir nada que no vaya a la papelera, y me ayudara, y te inventara para mí.

No sé.

II.- Charlot en blanco y negro, pegado a la pared, me mira y continúa callado. Pienso por un momento que en sus ojos puedes estar tú; que eres ese puntito blanco que hizo la luz al reflejarse en ellos cuando sacaron la fotografía.

Pero no.

No puedes ser tú, porque estás entre los libros, y sobre los periódicos atrasados, y en la cinta de Mecano que suena ("No me mires, no me mires, déjalo ya...").

III.- La ventana, abierta a un campo de árboles, selvática fantasía, totalmente soterrado el campo por ellos, deja entrar demasiado aire en la habitación.

Cierro la ventana.

Nada más hecho esto, dejo de sentirte junto a mis cosas.

¿Te habrás escapado? Sí, es muy posible, te habrás difuminado entre el ya tristemente verde follaje. Y de nuevo, como antes, periódicos, máquina de escribir, libros, Charlot, ventana. Vacío.

xoves, 14 de xuño de 2018

Lonxe da terriña

 Poema de Aureliano J. Pereira musicado por Xohán Montes.

(Versión en YouTube)

Lonxe da terriña,
lonxe do meu lar,
que morriña teño,
que angustias me dan;
non che nego a bonitura,
ceíño desta terriña,
ceíño da terra allea,
ai, quen che me dera na miña.

Ai, meu alalá,
cando te oirei,
chousas e searas,
cando vos verei;
son as flores deses campos
florentes e bonitiñas,
ai, quen aló che me dera
entre veigas e entre ortigas.

Lonxe da terriña,
que angustias me dan,
os que vais pra ela
con vós me levai,
os que vais pra ela
con vós me levai,
os que vais pra ela
con vós me levai.

martes, 9 de xaneiro de 2018

Chéviro (09.01.1983)

 Con la muerte del Chéviro, un viento de tristeza y melancolía apareció sobre la aldea, y la ciñó como un cinturón de cuerda basta, y el viento subía por las callejas de piedra mojada, y acariciaba puertas y ventanas con la misma indolencia con la que gemía el Chéviro se ha muerto, el Chéviro se ha muerto, y el viento traía el retrato del Chéviro en el aliento, el retrato de un Chéviro blanco y mojado, que se había ahogado en la acequia. Y en la acequia aún flotaba su olor y su cara, y de allí la agarraba el viento con los labios y la escupía sobre las casas de tejados de pizarra gris, y el gemido el Chéviro se ha muerto, el Chéviro se ha muerto, en el oído de todos, y todo miraban entonces al aire, y en él la cara de un muchacho que desapareció, oscuridades abajo, en la acequia, y que no fue hallado hasta el tercer día, con el pecho hinchado como una pelota y los puños cerrados, y desde aquel día el viento no cesaba de repetir que el Chéviro se ha muerto, y al viento no lo acallaba nadie, y el viento seguía y seguía repitiendo su canción hasta el hastío, y era una canción incesante y monótona el Chéviro se ha muerto, el Chéviro se ha muerto y, poco a poco, la aldea se fue haciendo pequeña y pequeña, se fue estrechando a la presión constatne del viento del Chéviro, del viento del pobrecillo tonto al que nadie entendía y al que, sólo por gastarle una broma, empezaron a llamarle Chéviro, y él se reía... 
Y la aldea se desmadejaba y de vaciaba como un gran hormiguero, y la gente se iba marchando, remordida y en silencio, y se iba perdiendo entre cientos de kilómetros y se iba olvidando de la aldea, y del viento, y del Chéviro que una vez se ahogara en la acequia, y el viento fue bajando su voz, hasta que logró meterse, dueño de todo, en las casas vacías, y el el molino, y en los almacenes y tiendas, y hasta en la iglesia. 

Los gitanos aún le pudieron oír repetir: El Chéviro se ha muerto, el Chéviro se ha muerto...

A música calada, a soedade sonora