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luns, 29 de abril de 2024

Carta de Pardo Bazán a Pérez Galdós

 Yo me acuesto contigo y me acostaré siempre. Me gustas más que ningún libro. Yo sí que renunciaría a la lectura para deletrearte a ti solo. ¿Qué mejor obra que tu espíritu simpático y fresco? Ven, que me haces falta.

xoves, 18 de maio de 2023

Emilia Pardo Bazán: El décimo

¿La historia de mi boda?
Óiganla ustedes: no deja de ser rara.
Una escuálida chiquilla de pelo greñoso, de raído mantón, fue la que me vendió el décimo de billete de lotería a la puerta de un café, a las altas horas de la noche. Le di de prima una enorme cantidad, un duro. ¡Con qué humilde y graciosa sonrisa recompensó mi largueza!
—Se lleva usted la suerte, señorito —afirmó con la insinuante y clara pronunciación de las muchachas del pueblo de Madrid.
—¿Estás segura? —le pregunté en broma, mientras deslizaba el décimo en el bolsillo del gabán entretelado y subía la chalina de seda que me servía de tapabocas, a fin de preservarme de las pulmonías que auguraba el remusguillo barbero de diciembre.
—¡Vaya si estoy segura! Como que el décimo ese se lo lleva usted por no tener yo cuartos, señorito. El número…, ya lo mirará usted cuando salga…, es el 1420; los años que tengo, catorce, y los días del mes que tengo sobre los años, veinte justos. Ya ve si compraría yo todo el billete.
—Pues, hija —respondí echándomela de generoso, con la tranquilidad del jugador empedernido que sabe que no le ha caído jamás ni una aproximación, ni un mal reintegro—, no te apures: si el billete saca premio…, la mitad del décimo, para ti. Jugamos a medias.
Una alegría loca se pintó en las demacradas facciones de la billetera, y con la fe más absoluta, agarrándome de una manga, exclamó:
—¡Señorito! Por su padre y por su madre, deme su nombre y las señas de su casa. Yo sé que de aquí a cuatro días cobramos.
Un tanto arrepentido ya, le dije cómo me llamo y dónde vivía; y diez minutos después, al subir a buen paso por la Puerta del Sol a la calle de la Montera, ni recordaba el incidente.
Pasados cuatro días, estando en la cama, oí vocear «la lista grande». Despaché a mi criado a que la comprase, y cuando me la subió, mis ojos tropezaron inmediatamente con la cifra del premio gordo; creí soñar: no soñaba; allí decía realmente 1420… ¡Mi décimo, la edad de la billetera, la suerte para ella y para mí! Eran muchos miles de duros lo que representaban aquellos benditos guarismos…, y un deslumbramiento me asaltó al levantarme, mientras mis piernas flaqueaban y un sudor ligero enfriaba mis sienes. Hágame justicia el lector: ni se me ocurrió renegar de mi ofrecimiento… La chiquilla me había traído la suerte, había sido mi «mascota»… Era una asociación en que yo sólo figuraba como socio industrial. Nada más justo que partir las ganancias.
Al punto deseé sentir en los dedos el contacto del bienaventurado papelito. Me acordaba bien: lo había guardado en el bolsillo exterior del gabán, por no desabrocharme. ¿Dónde estaba el gabán? ¡Ah!, allí, colgado en la percha… A ver… Tienta de aquí, registra de acullá… Ni rastro del décimo.
Llamo al criado con furia y le pregunto si ha sacudido el gabán por la ventana… ¡Ya lo creo que lo ha sacudido y vareado! Pero no ha visto caer nada de los bolsillos; nada absolutamente… Le miro a la cara; su rostro expresa veracidad y honradez. En cinco años que hace que está a mi servicio no le he cogido jamás en ningún gatuperio, chico ni grande… Me sonrojo lo que se me ocurre, las amenazas, las injurias, las barbaridades que suben a mis labios…
Desesperado ya, enciendo una bujía, escudriño los rincones, desbarato armarios, paso revista al cesto de los papeles viejos, interrogo a la canasta de la basura… Nada y nada: ¡estoy solo con la fiebre de mis manos, la sequedad de mi amarga boca y la rabia de mi corazón!
A la tarde, cuando ya me había tendido sobre la cama a fumar, para ver de ir tragando y digiriendo la decepción horrible, suena un campanillazo vivo y fuerte, oigo en la puerta discusión, alboroto, protestas de alguien que se empeña en entrar, y al punto veo ante mí a la billetera que se arroja en mis brazos, gritando con muchas lágrimas:
—¡Señorito, señorito! ¿Lo ve usted? Hemos sacado el gordo.
¡Infeliz de mí! Creía haber pasado lo peor del disgusto, y me faltaba este cruel y afrentoso trance: tener que decir, balbuciendo como un criminal, que se había extraviado el billete, que no lo encontraba en parte alguna, y que, por consecuencia, nada tenía que esperar de mí la pobre muchacha, en cuyos ojos negros, ariscos, temí ver relampaguear la duda y la desconfianza más infamatoria…
Pero la billetera, alzándolos todavía húmedos, me miró serenamente y dijo encogiéndose de hombros:
—¡Vaya por la Virgen! Señorito…, no nacimos ni usted ni yo pa millonarios.
¿Cómo podía recompensar la confianza de aquella desinteresada criatura? ¿Cómo indemnizarla de lo que le debía…, sí, de lo que le debía? Mis remordimientos y la convicción de mi grave responsabilidad pesaban sobre mí de tal suerte que la traje a casa, la amparé, la eduqué y, por último, me casé con ella.
Lo más notable de esta historia es que he sido feliz.

domingo, 30 de maio de 2021

Caldaloba



 A Torre de Caldaloba (ou castelo de Vilaxoán como aparece citado en antigos documentos), foi construída nos séculos XIII ou XIV. O historiador Xabier Moure, que denunciou hai anos o abandono da fortaleza, sinalaba que «aínda que non é, canto a monumentalidade e arquitectura, a máis chamativa, si o é canto ao valor simbólico duns dos períodos que máis tinta ten verquido na Historia da Galicia medieval».

Foi destruída durante ao Revolución Irmandiña e reconstruída despois por Fernán Ares e Constanza de Castro, xenro e filla do mitificado mariscal Pardo de Cela. «Na torre resistiron os citados Fernán Ares e Constanza de Castro os ataques, a finais do século XV, dos Reis Católicos ata que tiveron que renderse ao podrecer a auga do alxibe», explica Moure, quen apunta que no ano 1646 aparece como propietario o conde de Fuensaldaña e vizconde de Altamira, Álvaro Pérez de Viveiro. No ano 1755 foi vendida a Gabriel María Montenegro, do pazo de Caldaloba, situado a uns poucos metros.

A música calada, a soedade sonora