Amosando publicacións coa etiqueta familias. Amosar todas as publicacións
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martes, 4 de xullo de 2023

Ismael Ramos: ¿Quién dispara al corazón de mi padre?

 El corazón siempre me ha parecido un órgano delicado. Compararlo con un motor, toda esa literatura hidráulica, no me resulta vulgar, sino inadecuado. Un corazón es, en realidad, como una flor seca. Tiene algo vegetal y carnoso. Una flor que nunca llega a convertirse en fruto, que cuando está a punto de madurar lo suficiente, creciendo y ensanchando sus paredes, se vacía de nuevo. Estos días, el mundo juega a la sístole y diástole con las políticas progresistas y los derechos conquistados y, mientras tanto, yo pienso en el corazón cansado de mi padre.

Conversando en la librería Numax con Bibiana Collado a propósito de algunas de las ideas de su libro 'Yeguas exhaustas', ambos coincidíamos en que nos era imposible expresar en el texto la manera en que la precariedad lleva hasta el límite los cuerpos de nuestros padres. Cómo ellos encarnan un cansancio extremo, febril. Lo único en lo que pienso cuando pienso en la fuerza de trabajo: un animal que tira, que continúa. No es algo generacional —median dos o tres décadas entre los padres de Bibiana y los míos—, estoy seguro de que la conciencia sobre el propio cuerpo y esos dientes apretados existen también ahora mismo entre los nacidos en los 90 o los 2000. Papá trabaja, de media, unas once o doce horas diarias. De lunes a viernes. No cuento los desplazamientos. Hubo épocas en que fueron más, otras menos. Hacia finales de junio el moreno en su brazo izquierdo es la marca inequívoca de eso que el poeta clásico dio en llamar los trabajos y los días.

La verdad es que yo no me parezco casi nada a mi padre. Compartimos, como mucho, un sentido del humor y una curiosidad insaciable por el mundo que empleamos solo para competir entre nosotros o delante de mi madre y mi hermana. Nunca como punto de encuentro. En algunos momentos de mi vida, supe que él me quería porque mamá se esforzó en convencerme de ello. Supongo que haría lo mismo con él. 

Mi padre no planeó tener un hijo maricón, ni una mujer pensionista a los cuarenta, ni una hija indecisa. Tampoco deseó un escritor en la familia, ni creo que le guste este artículo. Le preocupa que no ahorre —sin ser él un gran gestor—, que viaje demasiado, que este no sea un trabajo lo suficientemente serio —incluso ahora que soy funcionario— y que poco a poco me conduzca a la ruina este estilo de vida, este desclasamiento que él mismo, sin saberlo, propiciaba cada vez que se sentía orgulloso de mis logros. Él, que deseó que yo fuese su opuesto y que, aun así, no me alejase nunca demasiado.

El corazón se estira, se llena, se encoge de nuevo y siempre hay algo que se va desgastando: la piel curtida del lado izquierdo del cuerpo o los dedos entre los que se sostienen treinta y cinco años de cigarrillos. Y, de pronto, un día, hay algo que se rompe.

Puede que fuese mi homosexualidad, las primeras vacaciones en el extranjero, el gusto por los restaurantes, todos los libros sin argumento —los que leo y los que escribo— y esa suspicacia mutua cuando hablamos de ciertos temas: la política, la lengua, el cuidado del corazón… Sé que la historia se repite, que somos muchos los que sentimos cómo se partía con un chasquido vegetal aquello que sentíamos que nos unía a nuestro padre o a nuestra madre. Que vimos en sus ojos con una mezcla de orgullo y resentimiento cómo nos miraban como si fuésemos diferentes. Y es cierto, pero no es cierto.

No hay viajes suficientes, restaurantes, libros o conocimientos socialmente prestigiados que me separen de la inteligencia y el sentimiento de aquellos que son invisibles y menospreciados: hablo de un animal de trabajo, del cuerpo de mi padre desde los dieciséis años, de su corazón como una flor preservada.

Cuando esto se publique yo seguramente ya haya hablado con mis padres sobre su voto en las generales y sobre el mío propio. Sobre por qué el mundo se esfuerza por separarnos cuando lo cierto es que la ultraderecha nos borrará al mismo tiempo: al hijo maricón, a la madre pensionista, al padre obrero, a la hermana indecisa. Les advertiré a los tres que hay discursos de odio que apuntan directamente a nuestros corazones y habrá quien no dude en disparar. Y quizás sea necesario decir mucho más. A lo mejor, quién sabe, estaremos todos de acuerdo. Y, si no, discutiremos. Discutir es la prueba inconfundible de que estamos vivos y permanecemos juntos, de que coexistimos. Porque todavía no hemos sido borrados —ni en el campo, ni en la cultura, ni en el seseo y la gheada de esta lengua que aplastarán una vez sin miramientos— y hay cientos de hombres como mi padre que se interpondrían entre mi corazón y una bala. Incluso si no me entienden. Incluso si todos le indican lo contrario. En esa flor confío. Pero, ¿durante cuánto tiempo?

Artículo completo aquí (01.07.2023)

luns, 15 de maio de 2023

La maldición del segundón en la realeza

Uno de los momentos estelares del libro de memorias del príncipe Enrique ocurre durante unas Navidades familiares en Windsor. Entre el alud de obsequios apilados sobre una inmensa mesa de caoba ―con abundancia de colonia Floris, suéteres de cachemira de Harrod’s y videojuegos bélicos y de la Fifa―, Enrique se topa con un bolígrafo. Hay un momento de desdén y desconcierto. ¿Un bolígrafo? ¿A mí? A continuación, descubre quién se lo remite: su tía abuela Margo, la princesa Margarita, hermana de la reina Isabel II; la pariente segundona, díscola y disoluta; desgraciada en el amor (la soberana y la casa real le prohibieron casarse con Peter Townsend, el piloto de la RAF divorciado al que amaba), amiga de los Stones, habitual del Soho londinense, bebedora de cócteles y fumadora incansable, que pasó los últimos años de su vida tostándose al sol y deambulando por las costas de Mustique, una paradisiaca microisla de las Antillas. Cuando Enrique ve que es un regalo de Margo, frena, reflexiona y piensa que le hubiera gustado conocerla mejor. Que tienen mucho que ver. Se parecen más de lo que en un principio podrían pensar. Son segundones. Margarita morirá unos meses más tarde.

Margarita y Enrique de Inglaterra personifican a la perfección la figura del segundón propia de la aristocracia y, más allá, estructural en las monarquías, reinen o estén destronadas. El primogénito, mejor educado, contemplado y cuidado, se lo lleva todo. Será el rey. Es la ley. Los títulos y las haciendas. Para el segundo, nada. A lo sumo, una carrera militar, eclesiástica, diplomática o una buena boda con algún miembro de la burguesía pudiente. El segundón, desde que tiene uso de razón, destila su rencor hasta el final. De ahí los martinis y la marihuana. Como Enrique. Como Margo. [...]

Jesús Rodríguez en EP (14.05.2023)

xoves, 10 de novembro de 2022

Luz Sánchez-Mellado: Mi tío José Luis

 José Luis Bonilla Bonilla era pastor, como su padre y su abuelo. Nacido en Paredes de Sigüenza, provincia de Guadalajara, y criado en Marazovel, provincia de Soria, José Luis vivió toda su vida en un radio de 50 kilómetros, de taina en taina y de pueblo en pueblo, allí donde lo llevara el oficio desde que lo echaran al campo a ganarse las hogazas a los 14 años. Cuarto hijo y primer varón de las siete criaturas que trajeron al mundo Paco y Maximina, ama de su casa y lavandera para la calle, la muerte por males de miseria de las dos mayores antes de tener uso de razón siquiera dejó a José Luis como hombrecito de la casa solo por detrás de su hermana Paquita, enviada a servir a Madrid en cuanto aprendió las cuatro reglas; a oír, ver y callar, y a trabajar como una mula. Así, deslomándose a madrugones y caminatas entre nevadas y calimas, pasó José Luis su adolescencia, su juventud y sus primeros años de la edad madura. Solo. Sobrio. Seco. Duro por fuera y tierno por dentro. Saliendo de sol a sol con las ovejas y los perrillos y volviendo a dormir, si volvía, a casa de los amos. Oreándose algún domingo por la tarde en algún local de Soria del que salía más contento de lo que había entrado. Contándoles un par de veces al año por carta sus alegrías a los suyos. Sus penas, si las tenía, se las callaba.

En Navidad, metía dos hatos en su maletilla, cogía el tren y se iba a la capital a ver a sus hermanos cargado de caramelos para sus sobrinos. Les pedía que lo sacaran de paseo. Los invitaba a tantos refrescos como él botellines. Los llevaba a la cabalgata de Reyes, les dejaba lo que le hubieran pedido: unos Levi’s, una bici, una cocinita con todos sus avíos, y se despedía hasta el año siguiente, si Dios quería. Así hasta que, a los 42 años, se lo llevara por delante un mal síncope una noche de verano. Fueron los hijos de sus últimos patronos quienes lo velaron amorosamente antes de que llegara de lejos la familia y de que a su anciana madre, Maximina, la fulminara un infarto en pleno sepelio, en uno de esos dramones que no aparecen en los medios. Paco y Maximina eran mis abuelos. Paquita, mi madre. José Luis, el mayor de mis tíos de esa rama. Tendría ahora 72 años si no llevara más de 30 enterrado. Fue, fueron, las suyas unas de esas vidas sordas e invisibles sin más eco que el recuerdo de sus deudos. Nunca nadie dijo nada en su memoria, más allá del cura bisbiseando su nombre en las misas de difuntos pagadas por los suyos. Valgan estas líneas, tarde mal y nunca, para repararlos.

Columna de Luz Sánchez-Mellado: Mi tío José Luis (EP 10.11.2022)

martes, 20 de setembro de 2022

Isabel II: el reinado de la imagen

 Cuidada y calculada, pero también artística y contemporánea. Un viaje acelerado a través de siete décadas de retratos de Isabel II a cargo de grandes fotógrafos, como Cecil Beaton, Yousuf Karsh, Snowdon o Rankin. Y una pregunta de Juan José Millás: ¿dónde está su bolso?

xoves, 15 de setembro de 2022

El extraño caso de los Galvin

Su editor fue quien le puso en contacto con Lindsay y Margaret, las dos hermanas Galvin. Eran las menores, y también las dos únicas niñas, de la larga prole de 12 hijos que tuvieron Don, un veterano de la II Guerra Mundial, y Mimi, una perfecta ama de casa. Seis de los chicos fueron diagnosticados con esquizofrenia, en uno de los casos de salud mental más insólitos de EE UU, estudiado por especialistas médicos para tratar de desentrañar la vieja cuestión de si esta afección es hereditaria o adquirida.

“La primera vez que hablé con ellas sobre su trágica historia pensé que no todos los miembros de la familia que aún vivían estarían de acuerdo con que hiciera un libro sobre su caso, pero después de unos meses de conversaciones resultó que sí lo estaban, incluida Mimi, la madre. Hay muchos y ensayos, memorias de esquizofrénicos y libros médicos, pero nunca se había hecho un libro de no ficción, una investigación sobre una historia como la de los Galvin con los testimonios de todos”, explicaba este jueves en Madrid el periodista de investigación Robert Kolker (Maryland, 53 años), autor de Los chicos de Hidden Valley Road. En la mente de una familia americana (Sexto Piso).

Poco después de arrancar su investigación, en un hospital del Colorado que visitó con Lindsay, les dieron dos carros llenos de carpetas que contenían el historial médico de los Galvin. “Aquello cambió la historia”, recordaba Kolker, quien a lo largo de las 500 páginas de su volumen reconstruye no solo la historia de la familia sino la evolución de la psiquiatría y del estudio de la esquizofrenia, desde la disputa entre Carl G. Jung y Sigmund Freud hasta el papel de las farmacéuticas. “Cuando el primer hermano, Donald, empezó a tratarse no se practicaban lobotomías, sino que se recetaban psicofármacos, algo que hoy se sigue haciendo como si fueran la panacea. Hemos crecido en una era en la que parece que hay una píldora para curar todo, pero no es así con la esquizofrenia. Uno de los motivos por los que el estigma en torno a la depresión, la ansiedad o la bipolaridad ha disminuido es porque hay medicamentos cada vez más sofisticados que son en muchos casos efectivos para tratarlo, pero no ocurre con los esquizofrénicos y estos enfermos tienen una mayor dificultad para luchar o protestar. Se considera que las medicinas existentes son suficientemente buenas porque calman a los pacientes, pero no mejoran con estos tratamientos”, explicaba el periodista.

“El caso de los Galvin ayudó a determinar que había un componente genético, una serie de mutaciones, pero no hay un gen en concreto. La predisposición a la enfermedad no implica que se desarrolle necesariamente”. Por eso, añade, para combatir el desarrollo de la esquizofrenia hoy se busca el fortalecimiento del cerebro y se trata de prevenir que haya nuevos brotes que debiliten a los pacientes y compliquen los casos diagnosticados. “La esquizofrenia no es una enfermedad como la covid, digamos, es un diagnóstico que abarca distintas afecciones. Hay un epidemiólogo que ha apuntado que la fiebre hace siglos se consideraba una enfermedad en sí misma y no un síntoma. Puede que con la esquizofrenia y otras enfermedades mentales severas acabe pasando lo mismo”.

En el caso de los Galvin, Kolker describe peleas con cierto sadismo entre los hermanos, también los abusos de un sacerdote amigo de la familia y de Brian Galvin hacia el resto. ¿Cómo es posible que ese nivel de violencia no alarmara a los padres? “Don y Mimi consideraban que seguían las reglas, sus hijos eran monaguillos, tocaban instrumentos musicales, tenían una formación artística y compartían la afición a la cetrería. El resto pensaban que se ordenaría solo. Se agarraban a esa vieja idea de que los chicos son chicos. No pensaban que hubiera algo más”, explicaba el autor. 

Mimi se negó a ver los problemas hasta que en los años 70 el crimen seguido de un suicidio de uno de sus hijos la cambió totalmente. “Mantuvo su compostura y su manera de ver el mundo, pero en ese momento su misión fue otra. Ya no se trataba de mantener la imagen de la familia perfecta sino de obtener ayuda y tratamiento para sus hijos”. Una de las cosas que Kolker denuncia en su libro es la teoría de las llamadas “madres esquizofrenogénicas”, señaladas como principales responsables de la enfermedad mental de sus hijos. “Uno de los grandes errores ha sido culpar a las madres de cada trastorno psiquiátrico, desde el autismo hasta el comportamiento psicótico, incluso de la homosexualidad cuando se consideraba una enfermedad”, señalaba. “Hay un claro sesgo misógino que se filtró en el psicoanálisis”. En el caso de los Galvin, dice el periodista que, en parte, estas acusaciones, que dejaron en shock a Mimi y la avergonzaron profundamente, fueron lo que la llevó a tratar de mantener a sus hijos lejos de los hospitales. “Deberían haber sido tratados antes, y eso podría haber mejorado las cosas”.

Seis de los hermanos Galvin no padecen esquizofrenia, ¿cómo conviven con la sombra y la sospecha de esa enfermedad que ha marcado su familia? “Son funcionales y muy agradables, pero cuanto más les he conocido, más he visto que están hipervigilantes. Nunca superaron esa duda de quién sería el próximo. En la siguiente generación solo hay dos casos de enfermedad mental. Pero lo que más me intrigaba cuando trabajaba en la investigación era entender por qué las dos hermanas no optaron por alejarse de forma radical de la familia. Cada una de ellas ha tenido una evolución distinta: Lindsay tomó perspectiva sobre el caso de sus hermanos y la postura de su madre y vio la injusticia que castiga a muchos enfermos mentales que acaban en prisión o en la calle, y reclama un mejor sistema de salud mental. Margaret ha sabido marcar mejor la distancia, pero también ha necesitado acercarse a su historia familiar para cerrar la herida”.

Artigo de en El País (16.09.2022)
La familia Galvin en 1965. Seis de los doce hijos de Donald y Mimi fueron diagnosticados de esquizofrenia

venres, 12 de agosto de 2022

Modlin

 ¿Pero quién demonios son los Modlin? Como no queda más remedio que simplificar no una, sino tres vidas de golpe y porrazo, intentemos abrir el apetito para que la curiosidad acabe en un buen atracón a gusto de cada consumidor. Elmer Modlin fue un actor norteamericano que, frustrado por no triunfar en su país natal y bajo el temor de que su hijo, Nelson, de 17 años, sea llamado a filas para combatir en Vietnam, decide viajar y afincarse en Madrid en plenos años setenta junto a su esposa, Margaret, pintora. Decir que Elmer y Margaret estaban obsesionados con la fama es quedarse cortos. Autoproclamado como el primer soldado americano que pisó Nagasaki tras la bomba atómica, Elmer deambuló sin pena ni gloria como actor secundario en películas de mala muerte en EEUU.


Su mayor éxito es tan inquietante como metafórico, pues Elmer es uno de los extras que observan el bebé de Mia Farrow en la escena final de La semilla del diablo, de Roman Polanski. Ya en España repite papeles sin nombre en películas como Viva la clase media, de José Luis Garci, un episodio de Curro Jiménez o un anuncio de El Corte Inglés. Mientras él buscaba la gloria como actor, su esposa Margaret se dedicaba a pintar siempre con luz artificial en su piso de Malasaña, del que prácticamente no salían nunca. Su objetivo vital, ser recordada como la mejor pintora del Apocalipsis de todos los tiempos. A lo largo de un sinfín de cuadros de ambientación tétrica, religiosa y surrealista, su marido y su hijo Nelson, además de ella misma, aparecen siempre como modelos en fotografías que tomaba previamente para que le sirvieran de punto de partida. “Novelísticamente me interesaba mucho cuando los tres eran uno, el tri-ser que formaban al llegar a Madrid. Pero al personaje al que he cogido más cariño es a Nelson, sobre todo desde el momento en que se libera de la locura intelectual de sus padres”, subraya Paco Gómez sobre su libro.

Elmer y Margaret cincelaron a su hijo en torno a la fama desde su mismo nacimiento, lo que con tiempo acabaría convirtiendo la existencia de Nelson en una odisea hacia la nada que culminó huyendo de sus padres tras unos años en Madrid. Querían que fuera actor, modelo, locutor de radio o cualquier cosa que le sirviera para obtener el reconocimiento que la sociedad les había negado a ellos. Pero nada de eso funcionó, y Nelson les abandonó para irse a vivir a Guadalajara. Tras su partida apenas se veían anualmente de forma esporádica, y con el paso del tiempo los tres morirían con apenas cinco años de diferencia. Margaret, la primera, en 1998, su hijo poco después y su marido, cuyo cadáver encontraron en casa abrazado a una botella, en 2003.

Los cuadros, fotografías y restos de los Modlin acabarían poco después en cubos de la basura, pero el destino quiso que Paco Gómez diera con ello y cambiara sin quererlo el rumbo de tres vidas condenadas al olvido. “Indudablemente su vida estaba condenada al olvido así que algo de fama les he dado. De todas formas la gloria que Margaret buscaba no está a mi alcance, soñaba con una fama eterna e imposible más próxima a los tiempos geológicos que al leve paso de un ser humano sobre la Tierra”, concluye Paco Gómez. Su libro, que puede comprarse a través de esta página web, servirá al menos para calmar las ansias de éxito de una familia que, en lugar de a la vida, se aferró a una quimera.

David Ortega na revista Cactus

luns, 21 de marzo de 2022

A. del Castillo Saavedra: José vendido por sus hermanos

 
Viéronle ellos a lo lejos, antes de que se acercase, y trataron de matarlo; y decíanse unos a otros: 
-Aquí viene el soñador; ea, pues, matémosle y echémoslo en un pozo abandonado, y digamos que lo devoró una alimaña. Se verá entonces de qué le sirvieron sus sueños.

Gén. 37, 18-20

martes, 23 de febreiro de 2021

Juan Bautista Martínez del Mazo: La infanta Margarita de luto


 Margarita (1651-1673) era hija de Felipe IV y Mariana de Austria, y se casó con el emperador Leopoldo I a finales de 1666. El hecho de que la infanta Margarita vista de viuda fecha este retrato entre septiembre de 1665 -cuando murió su padre- y su boda en diciembre de 1666. Más concretamente, debe ser posterior al 8 de noviembre de 1665, cuando Carlos II recibió el toisón de oro que luce al fondo del cuadro. Esto lo convierte en una de las últimas obras de Mazo, que murió en 1667. La inscripción bajo la silla es apócrifa. Margarita aparece de frente, viste de negro, extiende su brazo derecho hacia el respaldo de un sillón tapizado de rojo, y deja caer su mano izquierda, en la que lleva unos guantes. Junto a ella, cae un cortinón rojo. Este esquema compositivo resulta muy familiar entre los retratos de reinas e infantas relacionados con Velázquez y su círculo y tiene su punto de partida en Mariana de Austria (P1191). La atribución del retrato de Margarita de Austria a Mazo se sustenta por su comparación con obras firmadas como Mariana de Austria (LondresThe National Gallery, NG 2926) o con el retrato de Baltasar Carlos (P1221), pintado en 1645, y sirve para llamar la atención tanto sobre el nivel de calidad que alcanzó el pintor como sobre la pervivencia de esquemas compositivos creados por Velázquez.

xoves, 13 de agosto de 2020

Ruth Matilda Anderson: Teresa e Serafina da Casa do Cuco


Ruth Matilda tirou esta foto o 9 de novembro de 1924. No Ézaro, na Casa do Cuco, que era na altura taberna. Á esquerda, Teresa Castro Rodríguez, que tiña daquela 2 anos e 9 meses. Á dereita, a súa irmá Serafina, catro anos máis vella.
Serafina morreu en xullo de 2008 e Teresa o 20 de setembro de 2016. Enterrouse no Pindo, desde onde Ruth Matilda Anderson chegara co seu pai na barca. Xa daquela dicía a estadounidense que cumpría unha ponte: houbo que esperar algo máis de 30 anos.

A música calada, a soedade sonora