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xoves, 15 de setembro de 2022

El extraño caso de los Galvin

Su editor fue quien le puso en contacto con Lindsay y Margaret, las dos hermanas Galvin. Eran las menores, y también las dos únicas niñas, de la larga prole de 12 hijos que tuvieron Don, un veterano de la II Guerra Mundial, y Mimi, una perfecta ama de casa. Seis de los chicos fueron diagnosticados con esquizofrenia, en uno de los casos de salud mental más insólitos de EE UU, estudiado por especialistas médicos para tratar de desentrañar la vieja cuestión de si esta afección es hereditaria o adquirida.

“La primera vez que hablé con ellas sobre su trágica historia pensé que no todos los miembros de la familia que aún vivían estarían de acuerdo con que hiciera un libro sobre su caso, pero después de unos meses de conversaciones resultó que sí lo estaban, incluida Mimi, la madre. Hay muchos y ensayos, memorias de esquizofrénicos y libros médicos, pero nunca se había hecho un libro de no ficción, una investigación sobre una historia como la de los Galvin con los testimonios de todos”, explicaba este jueves en Madrid el periodista de investigación Robert Kolker (Maryland, 53 años), autor de Los chicos de Hidden Valley Road. En la mente de una familia americana (Sexto Piso).

Poco después de arrancar su investigación, en un hospital del Colorado que visitó con Lindsay, les dieron dos carros llenos de carpetas que contenían el historial médico de los Galvin. “Aquello cambió la historia”, recordaba Kolker, quien a lo largo de las 500 páginas de su volumen reconstruye no solo la historia de la familia sino la evolución de la psiquiatría y del estudio de la esquizofrenia, desde la disputa entre Carl G. Jung y Sigmund Freud hasta el papel de las farmacéuticas. “Cuando el primer hermano, Donald, empezó a tratarse no se practicaban lobotomías, sino que se recetaban psicofármacos, algo que hoy se sigue haciendo como si fueran la panacea. Hemos crecido en una era en la que parece que hay una píldora para curar todo, pero no es así con la esquizofrenia. Uno de los motivos por los que el estigma en torno a la depresión, la ansiedad o la bipolaridad ha disminuido es porque hay medicamentos cada vez más sofisticados que son en muchos casos efectivos para tratarlo, pero no ocurre con los esquizofrénicos y estos enfermos tienen una mayor dificultad para luchar o protestar. Se considera que las medicinas existentes son suficientemente buenas porque calman a los pacientes, pero no mejoran con estos tratamientos”, explicaba el periodista.

“El caso de los Galvin ayudó a determinar que había un componente genético, una serie de mutaciones, pero no hay un gen en concreto. La predisposición a la enfermedad no implica que se desarrolle necesariamente”. Por eso, añade, para combatir el desarrollo de la esquizofrenia hoy se busca el fortalecimiento del cerebro y se trata de prevenir que haya nuevos brotes que debiliten a los pacientes y compliquen los casos diagnosticados. “La esquizofrenia no es una enfermedad como la covid, digamos, es un diagnóstico que abarca distintas afecciones. Hay un epidemiólogo que ha apuntado que la fiebre hace siglos se consideraba una enfermedad en sí misma y no un síntoma. Puede que con la esquizofrenia y otras enfermedades mentales severas acabe pasando lo mismo”.

En el caso de los Galvin, Kolker describe peleas con cierto sadismo entre los hermanos, también los abusos de un sacerdote amigo de la familia y de Brian Galvin hacia el resto. ¿Cómo es posible que ese nivel de violencia no alarmara a los padres? “Don y Mimi consideraban que seguían las reglas, sus hijos eran monaguillos, tocaban instrumentos musicales, tenían una formación artística y compartían la afición a la cetrería. El resto pensaban que se ordenaría solo. Se agarraban a esa vieja idea de que los chicos son chicos. No pensaban que hubiera algo más”, explicaba el autor. 

Mimi se negó a ver los problemas hasta que en los años 70 el crimen seguido de un suicidio de uno de sus hijos la cambió totalmente. “Mantuvo su compostura y su manera de ver el mundo, pero en ese momento su misión fue otra. Ya no se trataba de mantener la imagen de la familia perfecta sino de obtener ayuda y tratamiento para sus hijos”. Una de las cosas que Kolker denuncia en su libro es la teoría de las llamadas “madres esquizofrenogénicas”, señaladas como principales responsables de la enfermedad mental de sus hijos. “Uno de los grandes errores ha sido culpar a las madres de cada trastorno psiquiátrico, desde el autismo hasta el comportamiento psicótico, incluso de la homosexualidad cuando se consideraba una enfermedad”, señalaba. “Hay un claro sesgo misógino que se filtró en el psicoanálisis”. En el caso de los Galvin, dice el periodista que, en parte, estas acusaciones, que dejaron en shock a Mimi y la avergonzaron profundamente, fueron lo que la llevó a tratar de mantener a sus hijos lejos de los hospitales. “Deberían haber sido tratados antes, y eso podría haber mejorado las cosas”.

Seis de los hermanos Galvin no padecen esquizofrenia, ¿cómo conviven con la sombra y la sospecha de esa enfermedad que ha marcado su familia? “Son funcionales y muy agradables, pero cuanto más les he conocido, más he visto que están hipervigilantes. Nunca superaron esa duda de quién sería el próximo. En la siguiente generación solo hay dos casos de enfermedad mental. Pero lo que más me intrigaba cuando trabajaba en la investigación era entender por qué las dos hermanas no optaron por alejarse de forma radical de la familia. Cada una de ellas ha tenido una evolución distinta: Lindsay tomó perspectiva sobre el caso de sus hermanos y la postura de su madre y vio la injusticia que castiga a muchos enfermos mentales que acaban en prisión o en la calle, y reclama un mejor sistema de salud mental. Margaret ha sabido marcar mejor la distancia, pero también ha necesitado acercarse a su historia familiar para cerrar la herida”.

Artigo de en El País (16.09.2022)
La familia Galvin en 1965. Seis de los doce hijos de Donald y Mimi fueron diagnosticados de esquizofrenia

xoves, 8 de setembro de 2022

The cakemaker

¿Cómo se le ocurrió la idea de «El repostero de Berlín»?

Me inspiré en la historia real de alguien que conocí. Un amigo, que tenía una doble vida. Por un lado tenía una familia, pero por otro era gay. Decía que era bisexual, pero la realidad era que le gustaban los hombres y que mantenía su vida con su familia solo por ceñirse a los estereotipos de la sociedad, porque le encantaba quedar con hombres. Murió de cáncer. Y después, su mujer descubrió que tenía una doble vida. Yo les conocía. Cuando murió, ella me contó la historia... aunque yo ya la sabía, pero no sabía que había muerto porque llevábamos tiempo sin hablar. Cuando me enteré, me pareció una historia muy importante que contar. Si pierdes a alguien a quién amas, que es muy importante para ti y después te das cuenta de que te ha mentido. ¿Cómo reaccionarías? Esa es la pregunta clave de la película. En base a ello, cree esta historia, que no es del todo real, pero está inspirada en esa. Lo demás es un aporte mío: la comida, la religión, las conexiones entre Berlín y Jerusalén, el tema de la sexualidad...

Viendo el éxito que en los últimos tiempos han tenido películas como «Moonlight», «Call me by your name» y «Tierra de Dios», ¿piensa que la homosexualidad ha dejado de ser un tema tabú en el cine?

Ahora parece que está de moda hablar de estos temas. En el pasado, si querías ver una película sobre gays o lesbianas solo podía ser en festivales concretos. Ahora, esas historias se pueden ver en el cine y le gustan a la audiencia. También ocurre en televisión: en casi todas las series hay gays, lesbianas o transexuales. A menudo pensamos que nosotros, como gente que amamos la cultura y vivimos en la igualdad y en base a los derechos humanos, disfrutamos de un mundo cada vez más abierto. Pero no es así. En paralelo a ese movimiento, a nivel político lo cierto es que el mundo está yendo hacia atrás. Se está volviendo más religioso, conservador e intolerante. Por ello, tenemos que tener cuidado. Todavía hay muchos problemas para ser gay, aunque «Moonlight» haya ganado el Oscar. Todavía queda mucho por hacer.

Entrevista a Ofir Raul Graizer, director de El repostero de Berlín

domingo, 24 de xullo de 2022

Jabois entrevista a Blanca Andreu: "Me halaga que me crean muerta"

Pocos años antes de morir, la madre de la poeta Blanca Andreu (A Coruña, 62 años) le preguntó a su hija por una foto que Andreu estaba ampliando a toda pantalla en su ordenador. “¿Quién es esa chica tan fea?”, preguntó. Era ella, la propia Blanca Andreu. “Pero tenía razón: la foto era espeluznante”, dice. Se disculpa por no acceder a ser fotografiada. “De ninguna manera, no insistas”. No por fea, como dijo su madre al fin y al cabo por una mala foto. Pero triunfó a los 20 años, su cara salió en todos los medios, la conoció todo el mundo en su esplendor, y el tiempo ha pasado. “No me obsesiona la pérdida de la juventud o de la belleza, yo por dentro tengo 17 años. Pero vamos, que no quiero foto, de ninguna manera”.

Este artículo, escrito tras dos semanas de conversaciones telefónicas con Blanca Andreu, tiene muchas aristas. Relacionadas con su escasísima obra a cuentagotas que, desde su primer libro, ha convertido a Andreu en una de las poetas más importantes y reverenciadas en español, cuyos dos últimos poemarios son de 2001 y 2010 (“uno de ellos fallido, lo hice por la pasta de un premio”). Relacionadas con su profunda cultura y su manera de entender el arte (“creo en la musa, no en la poesía de abierto 24 horas, como los de la poesía de la experiencia de Luis García Montero”). Relacionadas con el amor y el luto tras su matrimonio con Juan Benet, probablemente el novelista español más influyente de la segunda mitad del siglo XX. Y unas aristas relacionadas, por último, con la soledad y el ostracismo voluntario de una chica que revolucionó la literatura en los años ochenta y hoy vive en una pequeña casita junto al mar, en Orihuela, retirada de cualquier vida pública: “Hace muchos años me llamó una periodista catalana y me confesó que sus amigos creían que estaba muerta. Me sentí halagadísima. Creo que no hay mayor elogio para un poeta”. De fondo, cuando habla, se escuchan el mar y los ladridos de su perro, Kimball O’Hara, nombre completo del protagonista de la novela de Rudyard Kipling Kim.

La fama de Blanca Andreu estalla en 1980. Un día, en época de exámenes, Andreu, estudiante gallega de segundo curso de Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid, tiró a la papelera todos los poemas que había escrito en las últimas semanas. Estaba exhausta. No había estudiado nada, y su obra la veía “horrorosa”. Un amigo suyo (¿Francisco Umbral? “Prefiero no decir el nombre de ese amigo”) pidió permiso para cogerlos y leerlos. La chica, pálida, delgada y guapa, le dijo que hiciese lo que le diese la gana. Ese amigo leyó deslumbrado los poemas, los ordenó y les puso un título, De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, para enviarlos a espaldas de su autora a uno de los premios de poesía en castellano más prestigiosos del mundo, el Adonáis, de Ediciones Rialp. Un miembro del jurado llegó a pedir que se retirase el poemario del concurso porque estaba hecho “una porquería”, según le contaron a la propia autora, “con manchas de café y de todo”. Pero al final, Luis Jiménez Martos, José García Nieto, Claudio Rodríguez, Rafael Morales y Rafael García García le dieron el premio por ser “audaz, muy imaginativa en la palabra, valiente en el lenguaje y creadora de un mundo poético que parece pertenecerle a ella sola”. El poemario exhibe un surrealismo desatado e insólito en España entonces. Más de 40 años después, está considerado como uno de los libros capitales de la poesía en español.

Así fue como Blanca Andreu se vio a los 20 años en la cima de un mundo al que se había consagrado desde adolescente, al punto de enfadarse cuando a otros les gustaban los mismos poemas, o los mismos autores, que a ella. “Me sigue pasando”, dice. “El otro día vi a una petarda en una red social colgando un pasaje que me encanta de Virginia Woolf y diciendo que se parecía a lo que escribía ella, y yo pensé: ‘A ti te deberían hacer un test antes de venderte un libro de Virginia Woolf”. De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall convirtió a su autora en una estrella. Periódicos, televisiones, tertulias literarias: todo el mundo quería conocer a la magnética Blanca Andreu. José Hierro le dijo que ya podía dormirse en los laureles, “total, siempre te van a decir que como el primero, ninguno”. “Amor entre la gracia y el crimen, / como medio cristal y media viña blanca, / como vena furtiva de paloma: / sangre de ciervo antiguo que perfume / las cerraduras de la muerte”, escribe en ese libro.

“A mí el título, cuando lo vi, me dio vergüenza. ¿Una niña de provincias? Yo tenía 20 años, ya era una señora”. El título se debe a que ella, cuando vivía en la calle Diego de León de Madrid, iba mucho a las exposiciones de la Fundación March, y allí compraba cartelería. Por ejemplo, un cartel con un cuadro del pintor Marc Chagall que tenía colgado en el saloncito de aquel piso. El éxito, dice, reventó su vida. Para bien y para mal. “Yo no sabía que la gloria era dar la cara”, lamenta.

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xoves, 3 de febreiro de 2022

Entrevista a Carlos Zanón

 P. ¿Estaba muy unido a su padre?

R. Murió el pasado mes de julio, pero llevaba tres años enfermo de alzhéimer. Y antes de eso, no teníamos ni buena, ni mala relación. Pero en los últimos tiempos tenía una especie de rabia contra él. Porque fue desapareciendo y sabes que no vas a poder tener esa conversación que tenías que haber tenido. Pero también me hice una pregunta muy natural, y es que si es muy normal que tengamos que mantener una relación con nuestro padre durante 60 o 70 años. Ahora todo el mundo vive tanto...

P. ¿Qué les pasa a los hombres con sus padres?

R. No tengo ni idea. Supongo que hay alguien que está tapando la luz de la habitación y tienes que apartarlo. Si son muy potentes te machacan. De mi padre, la idea que tenía es que era una persona invisible a la que no tenía que superar, ni enfrentarme. El problema de no tener un referente muy potente a nivel masculino es que lo acabas buscando en las canciones, los libros o las películas, y eso te puede servir para tirar un poco. Pero cuando realmente tienes que saber qué significa ser padre o ser un tío, te das cuenta de que una película de John Wayne te puede ayudar un ratito, pero no es nada. Caminas sobre un suelo muy resbaladizo.

Entrevista completa, aquí

martes, 5 de marzo de 2019

Juan Olives: Sargadelos es la joya de las antigüedades de Galicia

Sin duda es en la tercera [época de Sargadelos] cuando se hacen las mejores piezas, gracias a traer técnicos ingleses. Son las de mayor calidad y las más bellas. Esta época coincide con la expansión de la fábrica, hay un aumento muy considerable de la producción y hay mucha más variedad. Es cuando sale la serie Chinesca, la serie Cuba, la del Quijote. Quizá estas son las tres series más especiales. Yo hasta fui a Cuba a buscar, pero no encontré nada. En la cuarta época se mantienen los moldes y las marcas de la tercera y se siguen fabricando la mayoría de estas piezas, hasta que la fábrica cierra definitivamente en 1875 por falta de recursos, la mala gerencia y la marcha de los técnicos extranjeros. Y desde entonces quedó todo en el olvido hasta que el pintor ferrolano Felipe Bello Piñeiro lleva a cabo en 1922 una catalogación sistemática y difunde la loza de Sargadelos. Isaac Díaz Pardo recoge el guante y funda el Sargadelos moderno, que empieza con la fábrica de Cerámicas del Castro y sigue con la de Sargadelos. Díaz Pardo rehabilita instalaciones antiguas y recupera la historia y la documentación. [...]
La pieza más barata es un platito, unos 50 euros. La más cara de la que tuve referencia es una vajilla de varios millones de pesetas. Una vajilla de unas cien piezas puede llegar a costar 30.000 euros. Si la decoración es en negro, el precio puede bajar bastante. También se devalúan ni no tienen marca en el reverso y hay coleccionistas que no las quieren porque a veces pueden confundirse con las de Pickman o con otras inglesas y españolas. Las más caras son las violeta y azul cobalto. Depende también del dibujo. La serie Góndola es la más habitual, es de la que hay más producción. La Góndola, la Chinesca y la Habana con las más buscadas. Pero cuando te ofrecen una vajilla, es la que te toque, no puedes escoger.
[...]Pero me da mucha pena vender. El coleccionismo arruina y es como una enfermedad que tienes que tratar de controlar. ¡Y lo que duele dejar de comprar una pieza que te ofrecen! Y te persigue la duda de si estará todavía la semana siguiente. O cuando compras caro porque dejaste pasar la oportunidad de comprar barato. Es que Sargadelos es la joya de las antigüedades en Galicia y todos los anticuarios intentamos tener sargadelos.
-¿Restaurar o dejar roto?
-En mi opinión, dejarlo roto. Cada pieza tiene su historia, son muy antiguas y no pueden estar nuevas. La restauración es cara y tiene que hacerla un buen técnico.
-¿Y las grapas de hierro que se ponían antiguamente?
-Me encantan, yo no las quitaría.
Entrevista completa en La opinión, aquí

A música calada, a soedade sonora