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martes, 5 de marzo de 2024

Luis Escavy: Victoria menor

HAY tres cosas

en las que nunca dejo de pensar:

los versos iniciales de la Eneida,

el número de errores cometidos

y en mis padres queriéndose de nuevo.

sábado, 3 de febreiro de 2024

luns, 27 de novembro de 2023

25 anos sen Gloria Fuertes






 ... era otoño en la mía casi invierno,
también otoño fue en el calendario
era el mes de los muertos
tú, me resucitaste con las manos.

mércores, 1 de novembro de 2023

Luis Escavy: Poema de Victoria menor

EN las noches remotas,
cuando el hombre pregunta pero mira hacia dentro
y en el cielo descienden las estrellas al mundo
con recuerdos de vidas que jamás fueron nuestras,
siento el vértigo humano de lo que podría haber sido
si te hubieras quedado.

xoves, 6 de xullo de 2023

San Juan de la Cruz: Noche oscura del alma

 

Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

mércores, 19 de abril de 2023

Poema de Karmelo C. Iribarren

En pleno casco viejo de Donostia, medio escondido en una esquina oscura, hay un bar. Un bar pequeño, como tantos, a primera vista sin nada especial. Pero ese bar, llamado Akerbeltz, tiene una peculiaridad. Allí, en la esquina derecha de la barra, sentado en una banqueta, un chaval que trabajaba como camarero del local estuvo durante 20 años, entre copas y borracheras, escribiendo poemas. Poemas cañeros, ácidos, desencantados, tiernos, cotidianos, auténticos y por lo general tan convulsos como lo era por aquellos años su propia vida.

El poeta en cuestión tiene 56 años, se llama Karmelo C. Iribarren, es de San Sebastián, ha logrado vivir para contarlo (no las tenía todas consigo) y gracias en parte a las redes sociales se ha convertido en un autor de culto.

Esta es su historia. La historia de su vida extrema, tan extrema como su poesía, en la que apenas hay ficción y donde la realidad más descarnada siempre logra abrirse paso. «Y eso que algunos de mis poemas están suavizados en comparación con lo que me ocurría en realidad», asegura Iribarren con su sonrisa burlona mientras lleva a cabo el rito de muchas mañanas: sentarse ante una mesa del Hotel Londres, frente a la Playa de la Concha, mirar la lluvia (o no: Qué hago / mirando la lluvia, / si no llueve, como reza su poema Domingo, Tarde) y observar a quienes tiene a su alrededor mientras le da vueltas a su café. Hace ya 20 años que dejó el alcohol. «Un día me levanté y dije: se acabó. Y hasta ahora», sentencia.

Tomó la decisión después de que un hermano suyo muriera de cáncer con 33 años. «Pero, sobre todo, me cansé de beber, de ir todos los días a trabajar con resaca. Sabía que si seguía así acabaría matándome». Pero también admite que si Ana, su mujer, no le hubiera dado un ultimátum probablemente no lo habría dejado. «La conocí en el 81, nos casamos en el 87 y en el 99 nació nuestra hija. Se chupó los peores años».

xoves, 16 de marzo de 2023

De Juan Ramón Jiménez:

«Se morirán aquellos que me amaron; y el pueblo se hará nuevo cada año; y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado, mi espíritu errará nostáljico…».


domingo, 15 de xaneiro de 2023

Miguel Gane: Reina

As bacanais de Nick Alm


Pa 
reina maga tú

bailando en bragas en el salón,

cantando canciones

que no te sabes,

cada puta noche.

Ese es mi regalo.


La piel en los labios (2020)

luns, 28 de novembro de 2022

Carlos Barral: Exterior del gato

Un home pasea o gato diante do Xardín de Luxemburgo (París)

    

    Ser el gato,
hacer un esfuerzo y ser el gato
transitorio del alba y en la cumbre
del mundo transitado, y presumible.
 
Ser por fuera del gato todo el gato posible
después del atigrado resplandor de la noche
última y la pasmada contracción felina.
Comenzar en el zinc al borde de las uñas,
en el cielo que escurre el canalón vacío
y en la flor espectral que crece entre las rejas.
 
El gato que despierta paso a paso las viejas
miserables espaldas de fábrica baldada
y el aire algodonoso de las ramas al suelo
y la tierra afeitada del muro hasta el camino
y hasta el bidón sonoro que su peso estremece.
 
Ser gato por fuera y tan cabal. Parece
que el mundo quepa dentro de esta pausa ondulada
precisa como un astro, que te llama
y a quien no negarás el pararte desnuda
donde nadie hubiera imaginado
 
aurora sobre el muro desconchado,
alba rosada sobre el gris de un gato,
con las puntas nocturnas de los pechos
apuntando a esos hombres cavilosos
que llegan tan despacio, pisando en las afueras.


domingo, 24 de xullo de 2022

Jabois entrevista a Blanca Andreu: "Me halaga que me crean muerta"

Pocos años antes de morir, la madre de la poeta Blanca Andreu (A Coruña, 62 años) le preguntó a su hija por una foto que Andreu estaba ampliando a toda pantalla en su ordenador. “¿Quién es esa chica tan fea?”, preguntó. Era ella, la propia Blanca Andreu. “Pero tenía razón: la foto era espeluznante”, dice. Se disculpa por no acceder a ser fotografiada. “De ninguna manera, no insistas”. No por fea, como dijo su madre al fin y al cabo por una mala foto. Pero triunfó a los 20 años, su cara salió en todos los medios, la conoció todo el mundo en su esplendor, y el tiempo ha pasado. “No me obsesiona la pérdida de la juventud o de la belleza, yo por dentro tengo 17 años. Pero vamos, que no quiero foto, de ninguna manera”.

Este artículo, escrito tras dos semanas de conversaciones telefónicas con Blanca Andreu, tiene muchas aristas. Relacionadas con su escasísima obra a cuentagotas que, desde su primer libro, ha convertido a Andreu en una de las poetas más importantes y reverenciadas en español, cuyos dos últimos poemarios son de 2001 y 2010 (“uno de ellos fallido, lo hice por la pasta de un premio”). Relacionadas con su profunda cultura y su manera de entender el arte (“creo en la musa, no en la poesía de abierto 24 horas, como los de la poesía de la experiencia de Luis García Montero”). Relacionadas con el amor y el luto tras su matrimonio con Juan Benet, probablemente el novelista español más influyente de la segunda mitad del siglo XX. Y unas aristas relacionadas, por último, con la soledad y el ostracismo voluntario de una chica que revolucionó la literatura en los años ochenta y hoy vive en una pequeña casita junto al mar, en Orihuela, retirada de cualquier vida pública: “Hace muchos años me llamó una periodista catalana y me confesó que sus amigos creían que estaba muerta. Me sentí halagadísima. Creo que no hay mayor elogio para un poeta”. De fondo, cuando habla, se escuchan el mar y los ladridos de su perro, Kimball O’Hara, nombre completo del protagonista de la novela de Rudyard Kipling Kim.

La fama de Blanca Andreu estalla en 1980. Un día, en época de exámenes, Andreu, estudiante gallega de segundo curso de Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid, tiró a la papelera todos los poemas que había escrito en las últimas semanas. Estaba exhausta. No había estudiado nada, y su obra la veía “horrorosa”. Un amigo suyo (¿Francisco Umbral? “Prefiero no decir el nombre de ese amigo”) pidió permiso para cogerlos y leerlos. La chica, pálida, delgada y guapa, le dijo que hiciese lo que le diese la gana. Ese amigo leyó deslumbrado los poemas, los ordenó y les puso un título, De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, para enviarlos a espaldas de su autora a uno de los premios de poesía en castellano más prestigiosos del mundo, el Adonáis, de Ediciones Rialp. Un miembro del jurado llegó a pedir que se retirase el poemario del concurso porque estaba hecho “una porquería”, según le contaron a la propia autora, “con manchas de café y de todo”. Pero al final, Luis Jiménez Martos, José García Nieto, Claudio Rodríguez, Rafael Morales y Rafael García García le dieron el premio por ser “audaz, muy imaginativa en la palabra, valiente en el lenguaje y creadora de un mundo poético que parece pertenecerle a ella sola”. El poemario exhibe un surrealismo desatado e insólito en España entonces. Más de 40 años después, está considerado como uno de los libros capitales de la poesía en español.

Así fue como Blanca Andreu se vio a los 20 años en la cima de un mundo al que se había consagrado desde adolescente, al punto de enfadarse cuando a otros les gustaban los mismos poemas, o los mismos autores, que a ella. “Me sigue pasando”, dice. “El otro día vi a una petarda en una red social colgando un pasaje que me encanta de Virginia Woolf y diciendo que se parecía a lo que escribía ella, y yo pensé: ‘A ti te deberían hacer un test antes de venderte un libro de Virginia Woolf”. De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall convirtió a su autora en una estrella. Periódicos, televisiones, tertulias literarias: todo el mundo quería conocer a la magnética Blanca Andreu. José Hierro le dijo que ya podía dormirse en los laureles, “total, siempre te van a decir que como el primero, ninguno”. “Amor entre la gracia y el crimen, / como medio cristal y media viña blanca, / como vena furtiva de paloma: / sangre de ciervo antiguo que perfume / las cerraduras de la muerte”, escribe en ese libro.

“A mí el título, cuando lo vi, me dio vergüenza. ¿Una niña de provincias? Yo tenía 20 años, ya era una señora”. El título se debe a que ella, cuando vivía en la calle Diego de León de Madrid, iba mucho a las exposiciones de la Fundación March, y allí compraba cartelería. Por ejemplo, un cartel con un cuadro del pintor Marc Chagall que tenía colgado en el saloncito de aquel piso. El éxito, dice, reventó su vida. Para bien y para mal. “Yo no sabía que la gloria era dar la cara”, lamenta.

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martes, 7 de xuño de 2022

San Juan de la Cruz: Canción 17 del Cántico espiritual

Detente, cierzo muerto;

ven, austro, que recuerdas los amores

aspira por mi huerto,

y corran sus olores,

y pacerá el Amado entre las flores.



3 El cierzo es un viento muy frío que seca y marchita las flores y plantas y, a lo menos, las hace encoger y cerrar cuando en ellas hiere. Y, porque la sequedad espiritual y la ausencia afectiva del Amado hacen este mismo efecto en el alma que la tiene, apagándole el jugo y sabor y fragancia que gustaba de las virtudes, la llama cierzo muerto, porque todas las virtudes y ejercicio afectivo que tenía el alma tiene amortiguado. Y por eso dice aquí el alma: Detente, cierzo muerto. El cual dicho del alma se ha de entender que es hecho y obra de oración y de ejercicios espirituales, para que se detenga la sequedad. Pero, porque en este estado las cosas que Dios comunica al alma son tan interiores que con ningún ejercicio de sus potencias de suyo puede el alma ponerlas en ejercicio y gustarlas, si el espíritu del Esposo no hace en ella esta moción de amor, le invoca ella luego, diciendo: Ven, austro, que recuerdas los amores.

4 El austro es otro viento, que vulgarmente se llama ábrego. Este aire apacible causa lluvias y hace germinar las yerbas y plantas, y abrir las flores y derramar su olor; tiene los efectos contrarios a cierzo. Y así, por este aire entiende el alma al Espíritu Santo, el cual dice que recuerda los amores; porque, cuando este divino aire embiste en el alma, de tal manera la inflama toda, y la regala y aviva y recuerda la voluntad, y levanta los apetitos (que antes estaban caídos y dormidos) al amor de Dios, que se puede bien decir que recuerda los amores de él y de ella. Y lo que pide al Espíritu Santo es lo que dice en el verso siguiente: Aspira por mi huerto.

5 El cual huerto es la misma alma. Porque así como arriba ha llamado a la misma alma viña florecida, porque la flor de las virtudes que hay en ella le dan vino de dulce sabor, así aquí la llama también huerto, porque en ella están plantadas y nacen y crecen las flores de perfecciones y virtudes que habemos dicho. Y es aquí de notar que no dice la Esposa: aspira en mi huerto, sino aspira por mi huerto; porque es grande la diferencia que hay entre aspirar Dios en el alma y aspirar por el alma. Porque aspirar en el alma es infundir en ella gracia, dones y virtudes, y aspirar por el alma es hacer Dios toque y moción en las virtudes y perfecciones que ya le son dadas, renovándolas y moviéndolas de suerte que den de sí admirable fragancia y suavidad al alma; bien así como cuando menean las especias aromáticas, que, al tiempo que se hace aquella moción, derraman la abundancia de su olor, el cual antes ni era tal ni se sentía en tanto grado. Porque las virtudes que el alma tiene en sí, adquiridas o infusas, no siempre las está sintiendo y gozando actualmente; porque, como después diremos, en esta vida están en el alma como flores en cogollo cerradas, o como especias aromáticas cubiertas, cuyo olor no se siente hasta ser abiertas y movidas, como habemos dicho.

A música calada, a soedade sonora